En el artículo anterior hablábamos de ese cansancio interno que no siempre se ve, pero que pesa.
Esa sensación de estar haciendo lo que “toca”, pensando mucho, sosteniendo mucho… y aun así sentir que algo no encaja.
Cuando llegamos a ese punto, es natural querer explicaciones claras.
Respuestas que nos devuelvan una sensación de control, de orden, de “ah, vale… entonces esto es lo que me pasa”.
Pero aquí aparece una diferencia importante que pocas veces nos enseñaron a mirar.
No es lo mismo entender que comprender.
Entender es buscar una causa mental:
qué pasó, quién hizo qué, qué debería cambiar.
Comprender es algo más profundo:
es darte cuenta desde dónde estás viviendo lo que te ocurre.
Y ahí es donde muchas mujeres se pierden… sin darse cuenta.
No siempre es un problema externo, sino un estado interno
Cuando la mente está saturada, el foco suele irse hacia fuera.
El trabajo.
La pareja.
La familia.
Las decisiones pendientes.
El contexto de vida.
Y es lógico. Porque cuando algo duele, buscamos una causa visible.
Pero lo que suele pasar en estos momentos no es solo que el contexto sea exigente,
sino que el estado interno desde el que lo estás viviendo está desbordado.
En ese punto de saturación se activan muchas emociones a la vez:
- cansancio,
- frustración,
- miedo a equivocarte,
- sensación de estar atrapada,
- y una necesidad urgente de que algo cambie.
Sin darte cuenta, el foco se desplaza completamente al entorno.
Y poco a poco aparece un estado muy común, aunque incómodo de reconocer:
la sensación de que tu vida te pasa por encima.
No porque seas víctima de tu contexto,
sino porque has perdido contacto con el lugar interno desde el que eliges.
Cuando pensar más ya no ayuda
En este punto, insistir en pensar más no aporta soluciones.
Solo te deja con más vueltas en la cabeza y menos aire por dentro.
No es falta de inteligencia.
No es falta de información.
No es que no sepas qué opciones tienes.
Es que la mente está intentando resolver algo que no se ordena desde la mente.
Y cuanto más lo intentas:
- más confusión aparece,
- más cansancio se acumula,
- más desconectada te sientes de ti.
Aquí es donde muchas mujeres se juzgan:
“debería poder con esto”,
“otras pueden”,
“algo estoy haciendo mal”.
Y ese juicio no ayuda:
solo añade más peso a un estado que ya está sobrecargado.
Volver al centro no es entenderlo todo, es volver a ti
Volver al centro no significa retirarte del mundo ni tomar decisiones drásticas.
Significa recuperar el contacto con tu estado interno.
Es dejar de preguntarte solo qué tengo que hacer
y empezar a observar desde dónde estoy viviendo lo que hago.
Cuando ese centro interno se desregula:
- cualquier decisión pesa más,
- cualquier opción parece equivocada,
- cualquier contexto se vive como amenaza.
Cuando ese centro se recupera:
- el entorno no desaparece,
- pero deja de gobernarte por completo.
Y algo muy importante cambia:
ya no reaccionas desde la saturación,
empiezas a responder desde la presencia.
Comprender no es resignarse, es recuperar claridad
Comprender lo que te pasa no es justificarlo todo ni quedarte quieta.
Es reconocer el estado desde el que estás mirando tu vida.
Porque ningún cambio externo se sostiene si no hay un reorden interno previo.
Cuando comprendes:
- baja la exigencia,
- baja la urgencia,
- baja el ruido mental.
Y desde ahí, poco a poco, la claridad vuelve.
No porque tengas todas las respuestas,
sino porque vuelves a estar en casa dentro de ti.
Esto es para ti

Si ahora mismo te sientes saturada, indecisa o abrumada,
no te preguntes qué más tienes que arreglar.
Tal vez la pregunta sea más sencilla y más honesta:
¿Desde qué estado interno estoy viviendo todo esto?
Volver al centro no es un acto grandioso.
Es un gesto íntimo.
Silencioso.
Humano.
Y desde ahí, la vida empieza a sentirse un poco menos pesada
y un poco más habitable.
—
Lidia Otero Ortiz
Desde un alma en proceso que comenzó a recordar.