
Hay un cansancio que no viene del cuerpo, sino de la mente.
Un cansancio de pensar demasiado, de analizar cada decisión, de intentar hacerlo “bien” en un mundo que ofrece demasiadas opciones y muy pocas certezas.
Muchas mujeres no se sienten perdidas porque no sepan qué quieren.
Se sienten perdidas porque hay demasiado ruido: demasiada información, demasiadas opiniones, demasiados caminos posibles que aparecen sin orden ni dirección clara.
Pensar más ya no ayuda.
Informarse más tampoco.
Y aun así, algo dentro insiste en buscar calma, claridad y un lugar desde el que volver a sentirse en casa.
Este estado no habla de debilidad ni de falta de capacidad.
Habla de un momento vital en el que la mente está saturada y el interior pide otra forma de orientación, menos mental y más consciente.
Cuando la percepción cambia, la vida deja de sentirse igual
Una de las primeras señales de este proceso es la sensación de que ya no se puede vivir igual que antes.
Situaciones que antes se toleraban ahora pesan.
Decisiones que antes se tomaban en automático generan resistencia interna.
Conversaciones habituales empiezan a sentirse vacías o forzadas.
No es que la vida se haya vuelto más complicada.
Es que la percepción se ha afinado.
Cuando esto ocurre, seguir funcionando por inercia deja de ser posible.
La mente intenta compensarlo buscando más respuestas, más métodos, más explicaciones… pero eso solo aumenta la sensación de desbordamiento.
El cuerpo no se rebela: informa
En muchos casos, este estado también se manifiesta físicamente.
No como una enfermedad clara, sino como señales persistentes:
cansancio que no se resuelve con descanso, sensación de falta de energía, tensión interna, dificultad para desconectar.
El error habitual es interpretar estos signos como un fallo que hay que corregir rápido.
Pero el cuerpo no está fallando.
Está avisando de un desajuste entre lo que se vive fuera y lo que se sostiene dentro.
No pide exigencia.
Pide coherencia.
Pensar más no siempre es avanzar
Cuando todo abruma, la tendencia natural es intentar controlarlo desde la mente.
Analizar, comparar, anticipar, buscar la decisión correcta.
Sin embargo, llega un punto en el que pensar más no ordena, sino que confunde.
La mente se convierte en un espacio saturado donde ninguna opción termina de sentirse verdadera.
Este es uno de los momentos más delicados del proceso, porque puede interpretarse como una pérdida de rumbo, cuando en realidad es una transición interna.
No falta capacidad.
Falta silencio.
La intuición no aparece de la nada
En este punto, muchas mujeres empiezan a notar que confían menos en las explicaciones externas y más en lo que sienten.
No porque rechacen la razón, sino porque la razón ya no alcanza para comprender lo que ocurre por dentro.
Aparecen intuiciones, percepciones más finas, una lectura distinta del entorno.
No como algo extraordinario, sino como una forma más honesta de estar presentes.
Durante mucho tiempo, esta capacidad fue desvalorizada.
Se la llamó exageración, hipersensibilidad o inseguridad.
Pero no es una debilidad: es una función humana que se reactiva cuando el ruido mental disminuye.
Hay memorias que actúan en silencio
No todo lo que se siente nace exclusivamente de la experiencia individual.
Cada persona forma parte de sistemas vivos: familia, historia, vínculos emocionales que dejan huella.
El cuerpo y la emoción recuerdan incluso aquello que la mente no ha formulado.
Por eso, a veces, se cargan estados que no se entienden del todo, pero que influyen en las decisiones, en la energía vital, en la manera de avanzar o de detenerse.
Reconocerlo no implica quedarse atrapada en el pasado.
Implica dejar de luchar contra lo que ya está actuando en silencio.
No es que falte algo: es que algo pide lugar
Este proceso no aparece para romper la vida que existe, sino para revisarla desde un nivel más profundo.
No exige cambios inmediatos ni decisiones drásticas.
Exige presencia.
Presencia para observar sin juzgar.
Para escuchar sin corregir.
Para reconocer sin negarse.
Cuando una mujer deja de empujarse y empieza a escucharse, algo se ordena.
No porque todo se resuelva, sino porque la relación consigo misma cambia.
Tal vez no estás perdida
Tal vez lo que ocurre no es una pérdida de rumbo, sino un reajuste.
Un momento en el que ya no es posible vivir en piloto automático, pero todavía no se ha definido una nueva forma de estar.
Ese espacio intermedio suele incomodar.
Pero también es el lugar donde se afina la verdad personal.
No se trata de encontrar respuestas rápidas.
Se trata de aprender a sostener preguntas más honestas.
Y eso, aunque no siempre sea cómodo, es una señal clara de madurez interior.
Con cariño
Lidia Otero Ortiz
Un Alma en proceso que comenzó a recordar
No viniste a ser perfecta. Viniste a ser tú.