Hay momentos en los que todo parece moverse menos tú. Como si el mundo girara a otro ritmo mientras tú permaneces detenida, sentada frente a una puerta entreabierta, preguntándote si debes cruzarla o seguir esperando.
No estás sola. Hay muchas como tú, sosteniendo relaciones, trabajos o historias que duelen… pero que a veces duelen menos que el vacío que se intuye al otro lado del umbral. Porque lo conocido, incluso cuando aprieta, da una sensación de seguridad. Y lo desconocido —ese abismo lleno de posibles— puede asustar más que cualquier conflicto que ya sabes manejar.
Tal vez llevas años posponiendo esa conversación. Quizá has normalizado la tensión constante en tu pecho, la contradicción entre lo que dices y lo que sientes, o la tristeza que se disfraza de cansancio cada mañana. Pero hay una parte de ti —pequeña, quizás callada, pero viva— que sabe. Esa parte no busca culpables, no grita ni exige… solo observa y espera. Es tu verdad.
Y esa verdad no te pide que te vayas. Solo que dejes de traicionarte.
No viniste a este mundo a conformarte con la idea de amor que aprendiste de niña. No viniste a llenar vacíos ajenos con tu presencia, ni a mendigar migajas de cariño que apenas te alcanzan para respirar. Viniste a recordar lo que eres: un alma completa, capaz de amar sin desaparecer.
Pero cuando hay apego, hay miedo. Miedo a equivocarte. A hacer daño. A empezar de nuevo. Miedo a que, si sueltas, no haya nadie al otro lado. Y el miedo —cuando no lo reconoces— toma las decisiones por ti.
Por eso este no es un llamado a dejar nada, sino a mirarlo todo.
Mira con sinceridad lo que hay. Sin drama, sin juicio. Observa cómo te hablas, cómo respiras cuando estás a su lado, qué parte de ti se apaga cuando finges que todo está bien. Observa si el amor que das brota de tu abundancia o de tu necesidad de que te amen de vuelta.
A veces nos quedamos no porque amamos, sino porque nos da miedo no saber amar de otro modo.
Y no pasa nada. Porque incluso si no estás lista para soltar, puedes empezar a sostenerte. Incluso si no sabes qué hacer, puedes elegir no seguir hiriéndote. Incluso si no puedes cambiar nada hoy, puedes cambiar la forma en que te miras.
La puerta no se va a cerrar porque tardes en cruzarla. No hay prisa. Lo importante es que sepas que sigue ahí. Que hay vida del otro lado. No una vida perfecta, sino una vida en la que te eliges a ti. Una vida donde el amor no duele ni pide sacrificios, donde no necesitas convencer a nadie de tu valor, donde no se te exige renunciar a tu esencia para pertenecer.
Y quizás un día te levantes, sin rabia, sin culpa, y te des cuenta de que ya estás al otro lado. Porque la verdadera decisión no se toma de golpe. Se cocina a fuego lento, mientras te haces preguntas incómodas, mientras lloras sin saber por qué, mientras aprendes a darte lo que esperabas que otros te dieran.
Hoy, no necesitas respuestas. Solo presencia. Solo espacio para sentir. Solo el permiso para ser honesta contigo sin miedo a lo que eso signifique.
Porque cuando la conciencia despierta, el amor propio ya no se negocia.
Y entonces ocurre algo sutil pero poderoso: dejas de necesitar que el otro cambie, y empiezas a cambiar tú. No desde el ego herido que quiere imponerse, sino desde el alma que ya no quiere traicionarse.
Y ahí, justo ahí… la puerta se vuelve innecesaria. Porque ya estás libre por dentro.
Con amor incondicional,
Lidia Otero Ortiz
No viniste a ser perfecta, viniste a ser tú.
